viernes, 2 de septiembre de 2011

TENGO UN DESAFÍO PARA TI EL DÍA DE HOY

Tengo un desafío para ti el día de hoy: Alégrate! ¡Regocíjate, no importa tu condición presente!
Alégrate a pesar de tus problemas personales. Sí, ya sé que esto suena muy raro y parece imposible de hacer.

Estamos acostumbrados a perseguir el éxito, las riquezas y la abundancia. Pensamos que cuando todo nos va bien estamos en el camino correcto. Creemos que cuando somos prosperados y nos "sentimos" bien, estamos "en el centro" de la voluntad de Dios. Por eso muchos de nosotros caemos cuando sobreviene el día oscuro, porque no estamos preparados para vivirlo.

Mira lo que escribió Pablo: "Nos alegra saber que, por confiar en Jesucristo, ahora podemos disfrutar del amor de Dios, y que un día compartiremos con él toda su grandeza. Pero también nos alegra tener que sufrir, porque sabemos que así aprenderemos a soportar el sufrimiento. Y si aprendemos a soportarlo, seremos aprobados por Dios". Romanos 5:3-4 (TLA)

Pablo veía el sufrimiento como algo de lo cual aprender, para así alcanzar la meta suprema: la salvación de su alma.

En las tormentas de tu vida, puedes elegir dejarte llevar, o aprender a navegar con vientos contrarios que amenazan con hundirte. Siempre que enfrentes problemas y dificultades, pregúntate qué puedes aprender de ellos. Tu sufrimiento tiene un propósito de Dios: aprender a soportarlo, ya que si lo haces, saldrás aprobado por Dios.

Pablo sabía mucho lo que era sufrir por causa de Cristo, y declaró: "Tres veces le rogué al Señor que quitara este sufrimiento; pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.» Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte". 2 Corintios 12:8-10 (NVI)

Los problemas y el sufrimiento son inevitables, pero nunca insoportables: "Ustedes no han pasado por ninguna tentación que otros no hayan tenido. Y pueden confiar en Dios, pues él no va a permitir que sufran más tentaciones de las que pueden soportar. Además, cuando vengan las tentaciones, Dios mismo les mostrará cómo vencerlas, y así podrán resistir". 1 Corintios 10:13

Recuerda lo que dijo Jesús: "En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo". Juan 16.33 (NVI)

Así que en vez de enfocarte en tu sufrimiento, por tus ojos en Jesús, el autor y consumador de tu fe, y haz esta oración que hizo el salmista, en voz alta:

"Dios mío, tú cumplirás en mí todo lo que has pensado hacer. Tu amor por mí no cambia, pues tú mismo me hiciste. ¡No me abandones!" Salmo 138:8 (TLA)

Dios cumplirá Su propósito en Ti, porque Su amor es para siempre!


"Porque el Señor no abandonará a su pueblo, ni desamparará Su heredad". Salmo 94.14

miércoles, 24 de agosto de 2011

¿QUÉ TAN CORTA TIENE QUE SER TU CRUZ?































Sólo hay una salida para los sufrimientos…pasando por ellos,
Dios nunca te dará más de lo que puedes cargar.
Así que carga tu cruz y regocíjate en el premio.
Aprendamos a cargar nuestra cruz sin renegar y sólo pidamos al Señor fuerza y fortaleza
para salir adelante y salir triunfadores.
Cualquiera sea tu cruz,
Cualquiera sea tu dolor,
siempre habrá un resplandor , un atardecer,
después de la lluvia …..
Quizás puedas tropezar,
quizás hasta caer…..
Pero Dios siempre está listo
a responder a tu llamada ……
Dios siempre enviará un arco iris
después de la lluvia.

viernes, 15 de abril de 2011

AMISTAD DE PIEDRA Y ARENA

Cuenta una historia que dos amigos iban caminando por el desierto. En algún punto del viaje comenzaron a discutir, y un amigo le dio una bofetada al otro. Lastimado, pero sin decir nada, escribió en la arena: “Mi mejor amigo me dio hoy una bofetada”.


Siguieron caminando hasta que encontraron un oasis, donde decidieron bañarse. El amigo que había sido abofeteado comenzó a ahogarse, pero su amigo lo salvó. Después de recuperarse, escribió en una piedra: “Mi mejor amigo hoy salvó mi vida”.


El amigo que había abofeteado y salvado a su mejor amigo preguntó: “Cuando te lastimé escribiste en la arena y ahora lo haces en una piedra. ¿Por qué?” El otro amigo le respondió: “Cuando alguien nos lastima debemos escribirlo en la arena donde los vientos del perdón pueden borrarlo. Pero cuando alguien hace algo bueno por nosotros, debemos grabarlo en piedra donde ningún viento pueda borrarlo”.


REFLEXION


Como en todo debemos tomar decisiones sabias. Aprender a escribir tus heridas en la arena, y grabar en piedra tus bendiciones. Hace más de dos mil año, Dios hecho hombre decidió en la cruz grabar el perdón incondicional por todos nuestros pecados pasados, presentes y futuros. El decidió con su sacrificio y resurrección borrar con los vientos del perdón nuestras ofensas, transgresiones y maldad. Se requiere saber amar, para decidir perdonar. No necesitas sentirlo, es una decisión igual que amar o tener fe. He escuchado a alguien decir que toma un minuto encontrar a una persona especial, una hora para apreciarla, un día para amarla, pero una vida entera para olvidarla. Recuerda hoy hacer memorable la buena acción y olvidable la mala.


ESCRITURA


Lucas 7:47 “Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amo mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama”. Si Dios nos ha perdonado a todos por todo, quienes somos nosotros para no perdonar a otros, quienes somos para grabar en piedra el dolor, las heridas, el abandono, el rechazo, el temor. Cada año presenta la oportunidad nueva de hacer las cosas diferentes, de romper paradigmas, de perdonar y empezar a escribir cada momento memorable en piedra.

miércoles, 9 de marzo de 2011

LA CUARESMA

«Con Cristo sois sepultados en el Bautismo, con él también habéis resucitado» (cf. Col 2, 12)


Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma, que nos lleva a la celebración de la Santa Pascua, es para la Iglesia un tiempo litúrgico muy valioso e importante, con vistas al cual me alegra dirigiros unas palabras específicas para que lo vivamos con el debido compromiso. La Comunidad eclesial, asidua en la oración y en la caridad operosa, mientras mira hacia el encuentro definitivo con su Esposo en la Pascua eterna, intensifica su camino de purificación en el espíritu, para obtener con más abundancia del Misterio de la redención la vida nueva en Cristo Señor (cf. Prefacio I de Cuaresma).

1. Esta misma vida ya se nos transmitió el día del Bautismo, cuando «al participar de la muerte y resurrección de Cristo» comenzó para nosotros «la aventura gozosa y entusiasmante del discípulo» (Homilía en la fiesta del Bautismo del Señor, 10 de enero de 2010). San Pablo, en sus Cartas, insiste repetidamente en la comunión singular con el Hijo de Dios que se realiza en este lavacro. El hecho de que en la mayoría de los casos el Bautismo se reciba en la infancia pone de relieve que se trata de un don de Dios: nadie merece la vida eterna con sus fuerzas. La misericordia de Dios, que borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5) se comunica al hombre gratuitamente.
El Apóstol de los gentiles, en la Carta a los Filipenses, expresa el sentido de la transformación que tiene lugar al participar en la muerte y resurrección de Cristo, indicando su meta: que yo pueda «conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Flp 3, 10-11). El Bautismo, por tanto, no es un rito del pasado sino el encuentro con Cristo que conforma toda la existencia del bautizado, le da la vida divina y lo llama a una conversión sincera, iniciada y sostenida por la Gracia, que lo lleve a alcanzar la talla adulta de Cristo.
Un nexo particular vincula al Bautismo con la Cuaresma como momento favorable para experimentar la Gracia que salva. Los Padres del Concilio Vaticano II exhortaron a todos los Pastores de la Iglesia a utilizar «con mayor abundancia los elementos bautismales propios de la liturgia cuaresmal» (Sacrosanctum Concilium, 109). En efecto, desde siempre, la Iglesia asocia la Vigilia Pascual a la celebración del Bautismo: en este Sacramento se realiza el gran misterio por el cual el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11). Este don gratuito debe ser reavivado en cada uno de nosotros y la Cuaresma nos ofrece un recorrido análogo al catecumenado, que para los cristianos de la Iglesia antigua, así como para los catecúmenos de hoy, es una escuela insustituible de fe y de vida cristiana: viven realmente el Bautismo como un acto decisivo para toda su existencia.

2. Para emprender seriamente el camino hacia la Pascua y prepararnos a celebrar la Resurrección del Señor —la fiesta más gozosa y solemne de todo el Año litúrgico—, ¿qué puede haber de más adecuado que dejarnos guiar por la Palabra de Dios? Por esto la Iglesia, en los textos evangélicos de los domingos de Cuaresma, nos guía a un encuentro especialmente intenso con el Señor, haciéndonos recorrer las etapas del camino de la iniciación cristiana: para los catecúmenos, en la perspectiva de recibir el Sacramento del renacimiento, y para quien está bautizado, con vistas a nuevos y decisivos pasos en el seguimiento de Cristo y en la entrega más plena a él.
El primer domingo del itinerario cuaresmal subraya nuestra condición de hombre en esta tierra. La batalla victoriosa contra las tentaciones, que da inicio a la misión de Jesús, es una invitación a tomar conciencia de la propia fragilidad para acoger la Gracia que libera del pecado e infunde nueva fuerza en Cristo, camino, verdad y vida (cf. Ordo Initiationis Christianae Adultorum, n. 25). Es una llamada decidida a recordar que la fe cristiana implica, siguiendo el ejemplo de Jesús y en unión con él, una lucha «contra los Dominadores de este mundo tenebroso» (Ef 6, 12), en el cual el diablo actúa y no se cansa, tampoco hoy, de tentar al hombre que quiere acercarse al Señor: Cristo sale victorioso, para abrir también nuestro corazón a la esperanza y guiarnos a vencer las seducciones del mal.
El Evangelio de la Transfiguración del Señor pone delante de nuestros ojos la gloria de Cristo, que anticipa la resurrección y que anuncia la divinización del hombre. La comunidad cristiana toma conciencia de que es llevada, como los Apóstoles Pedro, Santiago y Juan «aparte, a un monte alto» (Mt 17, 1), para acoger nuevamente en Cristo, como hijos en el Hijo, el don de la gracia de Dios: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle» (v. 5). Es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cf. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.
La petición de Jesús a la samaritana: «Dame de beber» (Jn 4, 7), que se lee en la liturgia del tercer domingo, expresa la pasión de Dios por todo hombre y quiere suscitar en nuestro corazón el deseo del don del «agua que brota para vida eterna» (v. 14): es el don del Espíritu Santo, que hace de los cristianos «adoradores verdaderos» capaces de orar al Padre «en espíritu y en verdad» (v. 23). ¡Sólo esta agua puede apagar nuestra sed de bien, de verdad y de belleza! Sólo esta agua, que nos da el Hijo, irriga los desiertos del alma inquieta e insatisfecha, «hasta que descanse en Dios», según las célebres palabras de san Agustín.
El domingo del ciego de nacimiento presenta a Cristo como luz del mundo. El Evangelio nos interpela a cada uno de nosotros: «¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), afirma con alegría el ciego de nacimiento, dando voz a todo creyente. El milagro de la curación es el signo de que Cristo, junto con la vista, quiere abrir nuestra mirada interior, para que nuestra fe sea cada vez más profunda y podamos reconocer en él a nuestro único Salvador. Él ilumina todas las oscuridades de la vida y lleva al hombre a vivir como «hijo de la luz».
Cuando, en el quinto domingo, se proclama la resurrección de Lázaro, nos encontramos frente al misterio último de nuestra existencia: «Yo soy la resurrección y la vida... ¿Crees esto?» (Jn 11, 25-26). Para la comunidad cristiana es el momento de volver a poner con sinceridad, junto con Marta, toda la esperanza en Jesús de Nazaret: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo» (v. 27). La comunión con Cristo en esta vida nos prepara a cruzar la frontera de la muerte, para vivir sin fin en él. La fe en la resurrección de los muertos y la esperanza en la vida eterna abren nuestra mirada al sentido último de nuestra existencia: Dios ha creado al hombre para la resurrección y para la vida, y esta verdad da la dimensión auténtica y definitiva a la historia de los hombres, a su existencia personal y a su vida social, a la cultura, a la política, a la economía. Privado de la luz de la fe todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza.
El recorrido cuaresmal encuentra su cumplimiento en el Triduo Pascual, en particular en la Gran Vigilia de la Noche Santa: al renovar las promesas bautismales, reafirmamos que Cristo es el Señor de nuestra vida, la vida que Dios nos comunicó cuando renacimos «del agua y del Espíritu Santo», y confirmamos de nuevo nuestro firme compromiso de corresponder a la acción de la Gracia para ser sus discípulos.

3. Nuestro sumergirnos en la muerte y resurrección de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, nos impulsa cada día a liberar nuestro corazón del peso de las cosas materiales, de un vínculo egoísta con la «tierra», que nos empobrece y nos impide estar disponibles y abiertos a Dios y al prójimo. En Cristo, Dios se ha revelado como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10). La Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), que se da para levantar al hombre y traerle la salvación: amor en su forma más radical (cf. Enc. Deus caritas est, 12). Mediante las prácticas tradicionales del ayuno, la limosna y la oración, expresiones del compromiso de conversión, la Cuaresma educa a vivir de modo cada vez más radical el amor de Cristo. El ayuno, que puede tener distintas motivaciones, adquiere para el cristiano un significado profundamente religioso: haciendo más pobre nuestra mesa aprendemos a superar el egoísmo para vivir en la lógica del don y del amor; soportando la privación de alguna cosa —y no sólo de lo superfluo— aprendemos a apartar la mirada de nuestro «yo», para descubrir a Alguien a nuestro lado y reconocer a Dios en los rostros de tantos de nuestros hermanos. Para el cristiano el ayuno no tiene nada de intimista, sino que abre mayormente a Dios y a las necesidades de los hombres, y hace que el amor a Dios sea también amor al prójimo (cf. Mc 12, 31).
En nuestro camino también nos encontramos ante la tentación del tener, de la avidez de dinero, que insidia el primado de Dios en nuestra vida. El afán de poseer provoca violencia, prevaricación y muerte; por esto la Iglesia, especialmente en el tiempo cuaresmal, recuerda la práctica de la limosna, es decir, la capacidad de compartir. La idolatría de los bienes, en cambio, no sólo aleja del otro, sino que despoja al hombre, lo hace infeliz, lo engaña, lo defrauda sin realizar lo que promete, porque sitúa las cosas materiales en el lugar de Dios, única fuente de la vida. ¿Cómo comprender la bondad paterna de Dios si el corazón está lleno de uno mismo y de los propios proyectos, con los cuales nos hacemos ilusiones de que podemos asegurar el futuro? La tentación es pensar, como el rico de la parábola: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años... Pero Dios le dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). La práctica de la limosna nos recuerda el primado de Dios y la atención hacia los demás, para redescubrir a nuestro Padre bueno y recibir su misericordia.

En todo el período cuaresmal, la Iglesia nos ofrece con particular abundancia la Palabra de Dios. Meditándola e interiorizándola para vivirla diariamente, aprendemos una forma preciosa e insustituible de oración, porque la escucha atenta de Dios, que sigue hablando a nuestro corazón, alimenta el camino de fe que iniciamos en el día del Bautismo. La oración nos permite también adquirir una nueva concepción del tiempo: de hecho, sin la perspectiva de la eternidad y de la trascendencia, simplemente marca nuestros pasos hacia un horizonte que no tiene futuro. En la oración encontramos, en cambio, tiempo para Dios, para conocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con él que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22) y que nos abre a la esperanza que no falla, a la vida eterna.
En síntesis, el itinerario cuaresmal, en el cual se nos invita a contemplar el Misterio de la cruz, es «hacerme semejante a él en su muerte» (Flp 3, 10), para llevar a cabo una conversión profunda de nuestra vida: dejarnos transformar por la acción del Espíritu Santo, como san Pablo en el camino de Damasco; orientar con decisión nuestra existencia según la voluntad de Dios; liberarnos de nuestro egoísmo, superando el instinto de dominio sobre los demás y abriéndonos a la caridad de Cristo. El período cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la Gracia renovadora del Sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.
Queridos hermanos y hermanas, mediante el encuentro personal con nuestro Redentor y mediante el ayuno, la limosna y la oración, el camino de conversión hacia la Pascua nos lleva a redescubrir nuestro Bautismo. Renovemos en esta Cuaresma la acogida de la Gracia que Dios nos dio en ese momento, para que ilumine y guíe todas nuestras acciones. Lo que el Sacramento significa y realiza estamos llamados a vivirlo cada día siguiendo a Cristo de modo cada vez más generoso y auténtico. Encomendamos nuestro itinerario a la Virgen María, que engendró al Verbo de Dios en la fe y en la carne, para sumergirnos como ella en la muerte y resurrección de su Hijo Jesús y obtener la vida eterna.


Benedicto XVI

miércoles, 16 de febrero de 2011

¿DIOS CREÓ TODO LO QUE EXISTE?

Un profesor universitario retó a sus alumnos con esta pregunta.
-¿Dios creó todo lo que existe?
Un estudiante contestó valiente:
-Sí, lo hizo.
-¿Dios creó todo?
-Sí señor, respondió el joven.
El profesor contestó, -Si Dios creó todo, entonces Dios hizo el mal, pues el mal existe y bajo el precepto de que nuestras obras son un reflejo de nosotros mismos, entonces Dios es malo. El estudiante se quedó callado ante tal respuesta y el profesor, feliz, se jactaba de haber probado una vez más que la fe cristiana era un mito.
Otro estudiante levantó su mano y dijo:
-¿Puedo hacer una pregunta, profesor?
-Por supuesto, respondió el profesor.
El joven se puso de pie y preguntó:
-¿Profesor, existe el frío?
-¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que existe, ¿acaso usted no ha tenido frío?
El muchacho respondió: -De hecho, señor, el frío no existe.
Según las leyes de la Física, lo que consideramos frío, en realidad es ausencia de calor. Todo cuerpo u objeto es susceptible de estudio cuando tiene o transmite energía, el calor es lo que hace que dicho cuerpo tenga o transmita energía. El cero absoluto es la ausencia total y absoluta de calor, todos los cuerpos se vuelven inertes, incapaces de reaccionar, pero el frío no existe. Hemos creado ese término para describir cómo nos sentimos si no tenemos calor.

-Y, ¿existe la oscuridad?, continuó el estudiante.
El profesor respondió:
-Por supuesto.
El estudiante contestó:
-Nuevamente se equivoca, señor, la oscuridad tampoco existe.
La oscuridad es en realidad ausencia de luz. La luz se puede estudiar, la oscuridad no, incluso existe el prisma de Nichols para descomponer la luz blanca en los varios colores en que está compuesta, con sus diferentes longitudes de onda. La oscuridad no. Un simple rayo de luz rasga las tinieblas e ilumina la superficie donde termina el haz de luz. ¿Cómo puede saber cuan oscuro está un espacio terminado? Con base en la cantidad de luz presente en ese espacio, ¿no es así? Oscuridad es un término que el hombre ha desarrollado para describir lo que sucede cuando no hay luz presente.

Finalmente, el joven preguntó al profesor:
-Señor, ¿existe el mal?
El profesor respondió:
-Por supuesto que existe, como lo mencioné al principio, vemos violaciones, crímenes y violencia en todo el mundo, esas cosas son del mal.
A lo que el estudiante respondió:
-El mal no existe, señor, o al menos no existe por si mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios, es, al igual que los casos anteriores un término que el hombre ha creado para describir esa ausencia de Dios. Dios no creó el mal. No es como la fe o el amor, que existen como existen el calor y la luz. El mal es el resultado de que la humanidad no tenga a Dios presente en sus corazones. Es como resulta el frío cuando no hay calor, o la oscuridad cuando no hay luz.

Entonces el profesor, después de asentir con la cabeza, se quedó callado.

El nombre del joven era: Albert Einstein

miércoles, 10 de noviembre de 2010

LAS TORMENTAS

A ninguno de nosotros nos gusta la adversidad. En lo personal, no me agradan para nada las tormentas, porque siento que mi barca se hunde, porque siento que el mar se abalanza sobre mi y porque no sé qué rumbo tomar. En las tormentas de la vida es cuando realmente nuestra fe es probada.

Pedro alentaba a los cristianos a no olvidar la herencia que tenemos en los cielos, la cual está guardada para nosotros por la fe en Jesús.

Él decía: "Por eso, alégrense, aunque sea necesario que por algún tiempo tengan muchos problemas y dificultades. Porque la confianza que ustedes tienen en Dios es como el oro: así como la calidad del oro se prueba con fuego, la confianza que ustedes tienen en Dios se prueba por medio de los problemas. Si ustedes pasan la prueba, su confianza será más valiosa que el oro, pues el oro se puede destruir.

Así, cuando Jesucristo aparezca, hablará bien de la confianza que ustedes tienen en Dios, porque una confianza que se ha probado tanto merece ser muy alabada. Ustedes, aunque nunca han visto a Jesucristo, lo aman y creen en él, y tienen una alegría tan grande y hermosa que no puede describirse con palabras. Ustedes viven alegres porque ya saben que Dios los salvará, y por eso confían en él." 1 Pedro 1:6-9 (Traducción Lenguaje Actual)

¡Este mensaje es simplemente para recordarte que las tormentas son pasajeras! No durarán para siempre. Tal vez tu cielo esté cubierto de nubes negras y amenazantes, pero pronto vendrá el Sol de Justicia, así que:

"Vive con alegría tu vida cristiana! Lo he dicho y lo repito: ¡Vive con alegría tu vida cristiana! Que todo el mundo se dé cuenta de que ustedes son buenos y amables. El Señor viene pronto. No se preocupen por nada. Más bien, oren y pídanle a Dios todo lo que necesiten, y sean agradecidos. Así Dios les dará su paz, esa paz que la gente de este mundo no alcanza a comprender, pero que protege el corazón y el entendimiento de los que ya son de Cristo."

Filipenses 4:6-7 (TLA)

Cuando el apóstol Pablo era perseguido por su fe, él dijo: "Por eso, aunque pasamos por muchas dificultades, no nos desanimamos. Tenemos preocupaciones, pero no perdemos la calma. La gente nos persigue, pero Dios no nos abandona. Nos hacen caer, pero no nos destruyen.

2 Corintios 4:8-9 (TLA)

Por eso el salmista oraba: "Cuando me encuentro en problemas, tú me das nuevas fuerzas. Muestras tu gran poder y me salvas de mis enemigos". Salmos 138:7 (TLA)

Hoy Jesús te dice, como se lo dijo a sus discípulos:
no te preocupes. Confía en Dios y confía también en mí...Te doy la paz. Pero no una paz como la que se desea en el mundo; lo que te doy es mi propia paz. No te preocupes ni tengas miedo por lo que va a pasar pronto... Juan 14:1 y 27 (TLA)

lunes, 11 de octubre de 2010

EL EGO, LO QUE ABUNDA EN EL CORAZÓN

Lo que hay en el fondo del pecado, de ese pecado que desencadena sufrimiento al intentar huir del sufrimiento, es lo que abunda en el corazón humano. Y eso que abunda en el corazón humano no es otra cosa que el Ego, el yo: estamos llenos de nosotros mismos. Todo el dinamismo del pecado surge de esta fuerza cerrada sobre sí misma y profundamente egoísta que existe en nosotros. Nos pasamos la vida defendiendo nuestro yo, embelleciéndolo y protegiéndolo a cualquier precio, sobre quien sea y como sea.

El ego no soy yo. Mi verdadero yo es el que se revela en Cristo: ser hijo del Padre, ser el lugar donde Dios actúa a sus anchas. Mi Ego obstruye ese plan y en vez de hacer una vida para el amor, hace una vida para el egoísmo, para la búsqueda de sí mismo. El Ego no me deja ver lo que verdaderamente soy. Es curioso ver en el Evangelio cómo los pecadores, aquellos que tienen su Ego acongojado, suelen ser conscientes de que no valen nada, por lo que acogen el mensaje de Jesús con alegría y disponibilidad. En cambio los que se creen justos y buenos, los que están seguros de sí mismos, no sólo se cierran al anuncio de Jesús, sino que hacen todo lo posible por destruir a Jesús. Así de agresivo es el Ego.

¿Cómo actúa el Ego?

El Ego percibe al otro como amenaza: es impresionante descubrir lo pronto que en la vida aprendemos a captar a los demás como posibles amenazas para nosotros: nos pueden quitar lo que es nuestro, nos pueden disputar a las personas que amamos, nos pueden quitar nuestro espacio, nuestro protagonismo, nos pueden hacer sombra. Por eso, uno de los impulsos más primitivos del ser humano es anular al otro, para que no nos amenace.

El Ego compite: al percibir al otro como amenaza se da comienzo a una competencia: hay que destacarse por encima de los otros, hacer y decir cosas que nos distingan de los otros, vencer a los otros. ¿Nos hemos dado cuenta como la mayoría de los juegos, tanto individuales como de grupo, suponen vencer a los demás? La competencia atraviesa toda la vida: el estudio, las amistades adolescentes, el mundo del trabajo, la familia, la relación conyugal. El otro no se percibe en la práctica como un hermano, sino como un enemigo potencial que hay que vencer y del que, al menos, no se debe uno dejar ganar.

El Ego es cruel: una de las cosas más dolorosas es comprobar el nivel de crueldad que pueden tener los niños con otros niños: bromas, burlas, insultos, trato desconsiderado. La crueldad surge de la necesidad de imponerse sobre el otro para así poder afirmar el yo. Aunque con los años se suavice la apariencia externa de la crueldad, su semilla interior permanece. Por eso somos tan radicales para juzgar los defectos de los demás, y por eso nuestras críticas son implacables. Solemos juzgar, criticar, etiquetar, apreciar, despreciar y burlarnos sin calcular el daño que podemos hacer. Y lo que decimos al juzgar y al criticar, lo decimos en nombre de la verdad; pero en el fondo lo decimos para afirmar nuestro Ego: “yo tengo la razón, el otro no la tiene.”

El Ego se defiende: se defiende incluso cuando no lo están atacando. El Ego suele ver ataques en los comentarios de los demás, en lo que dicen, en lo que callan, en lo que deciden. Gastamos muchas energías protegiendo lo que creemos ser. A codazos defendemos nuestro lugar en el mundo, mostramos que tenemos valía y nos protegemos de todos los ataques reales o no.

El Ego engorda: uno se pasa la vida engordando el Ego, llenándolo de posesiones, de bienes, de personas, de todo lo que uno cree que le hace falta. La función de los bienes de consumo en la sociedad capitalista no es otra que permitir la afirmación del Ego, hacer que las personas se sientan mejor gracias a lo que poseen. Y dentro de esta lógica, todo, incluidas las personas que amamos, los conocimientos que tenemos y las ideas que se nos ocurren, se vuelven una posesión que afirma nuestro Ego.

El Ego busca reconocimiento: esta es la gran dolencia de la humanidad: hacer las cosas para buscar aplauso y reconocimiento, para lograr que los demás nos feliciten y nos vean valiosos. No ser reconocidos es como no existir, es uno de los grandes dolores de la vida. Por eso desde que aprendimos a llorar a gritos para llamar la atención, nos hemos pasado la vida haciendo lo mismo, para ver si alguien nos ve y viéndonos nos reconoce. Esto se vuelve en un dinamismo tan intenso que llega el momento que uno ya no sabe si hace las cosas con recta intención o simplemente para ser reconocido y valorado. Jesús decía: “supongan un árbol bueno, y su fruto será bueno; supongan un árbol malo, y su fruto será malo; porque por el fruto se conoce el árbol. Raza de víboras, ¿cómo pueden ustedes hablar cosas buenas siendo malos? Porque de lo que abunda en el corazón habla la boca” (Mt 12,33-34) ¿Qué es lo que abunda en nuestros corazones? ¿Nos hemos dado cuenta que el gran tema de nuestras vidas, eso de lo que habla la boca, somos nosotros mismos: “YO pienso, YO digo, YO quiero, YO creo, YO hago, YO deseo, YO no me dejo, si me atrevo…” Sólo en teoría vivimos pendientes de los demás. En la realidad, en la cruda realidad, vivimos pendientes de nosotros mismos, cuidando nuestro Ego, llenándolo de bienes y placeres, regalándole todos los gustos que pida, defendiéndolo de todos los ataques posibles y poniendo a su servicio todo lo que nos rodea. Y lo hacemos, porque creemos que si nuestro Ego está contento, nosotros también lo estaremos, cuando lo que en verdad sucede es que nuestro Ego nunca se llena, siempre pide más. Satisfacer nuestro Ego es una tiranía. El culto a nuestro Ego no nos deja ser felices y, sobre todo, cuesta mucho, mucho esfuerzo, mucha angustia, mucho dinero, muchas vidas sacrificadas para que el Ego se sienta a gusto.

Dios, en cambio, no es Ego. Dios es amor y es amor absoluto. Amar no es agarrar, sino entregar. Amar es, en síntesis, desapropiarse, perder, negarse a si mismo por amor. El problema es que el Ego no sabe negarse a si mismo, no sabe perder, casi nunca se da por vencido y suele llevar todas las batallas hasta las últimas consecuencias, hasta la destrucción del otro e, incluso, hasta la mutua destrucción. Dios, en cambio, todo lo pierde con tal de ganarnos a nosotros.

Todo pecado es siempre contra el primer mandamiento. Todo pecado es siempre contra Dios. El plan de Dios es sacarnos de nuestro encierro, lograr que dejemos de defendernos y de ver a los demás como enemigos potenciales y que aprendamos a entregarnos, incluso a perdernos, por amor a los otros, porque sólo el que pierde su vida por amor, la salvará. Pero como eso resulta tan extraño a la manera humana de vivir, preferimos alejarnos de Dios, negarlo e incluso destruirlo en nuestras vidas, para poder ser libres, sin darnos cuenta que esa pretendida libertad nos hunde en la tiranía del Ego.

No hay que mirar afuera. No es de fuera de donde viene lo que nos hace daño. El dolor que nos destruye sale de lo más hondo del corazón, de esa fuerza que nos hace creer que debemos vivir para defendernos y robustecernos a cualquier precio. Amar, en cambio es perder. De nada sirve tener la razón si se pierde a un hermano. Es más importante ganar al hermano y perder la razón. Dios es un gran perdedor: Hay que aprender a perder, pues sólo se gana al perder y sólo negándonos a nosotros mismos, encontramos lo que teníamos a nuestro alcance desde el principio, la verdadera felicidad.

“Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” (Mt 16,24-26a)