miércoles, 22 de febrero de 2012


«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)

Queridos hermanos y hermanas

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011


BENEDICTUS PP. XVI

Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma

22 de febrero 2012. La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo
Miércoles de Ceniza:  el inicio de la Cuaresma
Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma


La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

  • “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

  • “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"

  • “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.
  • Origen de la costumbre

    Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

    En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.

    En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

    Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

    También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

    La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

    Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

    Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

    La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

    Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

    Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se "arrepentirían" durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.

    El ayuno y la abstinencia

    El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

    La oración

    La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

    Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

    La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
    La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.
    La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

    El sacrificio

    Al hacer sacrificios (cuyo significado es "hacer sagradas las cosas"), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar.“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

    Conclusión

    Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

    Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

    En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

    Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

    El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

    La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

    La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

    Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

    Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

    Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

    Preguntas o comentarios al autor

    Sugerencias para vivir la fiesta

  • Asistir a la iglesia a ponerse ceniza con la actitud de conversión que debemos tener.

  • Leer la parábola del hijo pródigo, San Lucas 15, 11-32 o el texto evangélico de San Mateo 6, 1-8.

  • Autor: Tere Fernández del Castillo / Luis Gutiérrez | Fuente: Catholic.net

    martes, 22 de noviembre de 2011

    LA SANACIÓN INTERIOR

    Hace pocos días estuve en un retiro espiritual y quiero compartir algunas frases:

    • La oración es la aventura que termina en la presencia de Dios.
    • Los problemas, inconvenientes y dificultades en la vida terminan cuando nos dejamos ver por Dios, porque necesitamos ser tocados por la mirada de Dios que es perdón.
    • Es necesario sanar la raíz, porque cuando se sana la raíz , se sanan todas las derivaciones del pecado; una forma de realizarlo es a través del Sacramento de la Reconciliación.
    • ¿Cuál es la raíz de lo que enferma mi alma?
    • Lo que uno decide hacer con su vida debe hacerlo por amor, sabiendo que amar es difícil.
    • Hay una cantidad de vacíos que sólo pueden llenarse con el perdón de Dios.
    • Una cosa debo tener clara: Dios me conoce, me ama y me perdona.
    • Todo arrepentimiento de corazón Dios lo perdona en el Sacramento de la Reconciliación.
    • Un signo de que Jesús nos quiere sanos es que siempre estuvo sanando a los enfermos y afligidos.
    • La sanación viene de Dios, de Jesús que se siente de mi debilidad.
    • El pecado es la raíz de toda enfermedad.
    • Muchas enfermedades son reflejo de todo aquellos que no nos deja vivir, pero Jesús vino a sanarnos y por eso se entregó por nosotros, él puede sanar heridas profundas donde no puede llegar ciencia alguna.
    • Las heridas han surgido de un proceso de año a año, por eso la sanación es un proceso de año a año.
    • ¿Cómo sanarme?
    1. Conocer la raíz de la herid.
    2. Buscar quien ore por mi.
    3. Abrir el corazón a Dios.
    4. Pedir el don de la oración que es el Espíritu Santo.
    • La comunidad sana y ayuda a encontrarle sentido a la vida, allí acontece Dios para perdonarme y sanarme.
    • Ensaya a perdonarte, Dios me quiere perdonar, empieza el proceso.
    • Todo hombre desde su nacimiento está llamado a la unión con Dios.
    • Desajustes normales: miedos, rabias, rencores...
    • Nos espera la tarea de ser santos alimentados por la Eucaristía, la oración, el perdón, la supremacía de la Gracia, alimentados por la Palabra de Dios.
    • El nuevo modo de santidad va a necesitar un nuevo modo de oración, ya sin tantas palabras, más de contemplación que es mirarlo fijamente a Él.
    • Hay que meter en proceso la vida, reconocer el camino que uno eligió y aceptarlo, asumir la realidad, personalizarse de ella.
    • Una vez que uno asume y acepta su realidad, el crecimiento se va dando, así sea entre subidas y bajadas; teniendo en cuenta que las crisis son las mejores oportunidades para crecer.
    • Toda vida espiritual es una misión, un proceso, que a medida que pasa el tiempo se va simplificando.
    • Hay una relación directa entre Eucaristía y sanación.
    • La comunión es el alimento que sana.
    • ¿Cómo es mi fe?
    • Cuanta vida nos perdemos por no creer, aguantando la vida.
    • No somos huecos por dentro, Dios habita en nosotros, no moriremos para siempre.
    • ¿Me he sentido invitado a cenar con el Señor?
    • Dios me ama: ¿cuando lo he experimentado?
    • Sin amor nada soy, lo que nos manda el Señor es que nos amemos los unos a los otros.
    • Que nadie se quede sin recibir la Eucaristía que es el pan de nosotros los pecadores y que nos sana.
    • Todos los días es necesario creer en el amor.
    • Es necesario pedir sanar el corazón al recibir la comunión.
    • Hay que postrarse en el Santísimo Sacramento y pedirle que nos muestre como debemos amar.
    • Cada comunión debe ser alimento sabroso con sabor a todo aquellos que nos gusta.
    • Jesús decía a sus discípulos inmersos en la tormenta: ánimo no teman que Soy Yo.
    • ¿Por qué no se curan todos? Por la falta de fe, los santos fueron personas con dolores y sufrimientos internos, muy enfermos. Esto les enseño a aprender a aceptar a entender y a ver a Dios, Jesús en sus sufrimientos.
    • A nosotros no nos corresponde pedir sino por los otros, los enfermos, los demás.
    • Ser maduro es aceptar la enfermedad.
    • Al Señor le corresponde hacer lo que considere bueno para cada uno.
    • Pedro se sintió amado por Jesús luego de negarlo tres veces.
    • Cuando uno entienede es como cuando ve.
    • En la vida espiritual se empieza a ver y a revelar la presencia de Dios con la oración en la vivencia personal.
    • Los limpios de corazón verán a Dios : el que no deja enturbiarlo por el egoísmo, el odio, el rencor. Por eso es necesario aprender a caminar en la presencia de Dios, en mi dificultad, en mi lucha.
    • El hombre es capaz de Dios.
    • Abrir el corazón al otro nos hace transparentar en el otro nuestros sentimientos.
    • El cristiano de hoy o será un místico o no será nada.
    • Si me quiero perdonar y sanar debo girar en el amor.
    • En el atardecer de la vida nos juzgaran en el amor.
    • La santidad no es la ausencia de pecado, sino el crecimiento en la fe, la esperanza y el amor.
    • Quien nos capacita para tener un corazón limpio es el mismo Dios.
    • El perdón y la sanación es un regalo de Dios.
    • Hay que aprender a mirar a Dios en el otro.
    • Cuando perdono estoy creando al otro.
    • Hay que mirar a Dios con una mirada nueva, con su mirada que limpia, purifica, sana enriquece, alumbra.
    • Debo dejarme enriquecer por la mirada de Dios, que me alumbre e ilumine y que también me llene de su mirada para conmigo mismo y los demas
    • No te pido mas, sino que me mires.
    Pbr Francisco Javier Jaramillo
    Carmelita

    miércoles, 16 de noviembre de 2011

    JÓVENES CONTRACORRIENTE

    ¿Qué está pasando con nuestros niños?

    Se están quedando sin infancia, parecen adolecentes, estimuilados por aparatos, mucha información, rapidez… Los juegos tradicionales ya no son comunes, las rivalidades son continuas, no se alimentan bien, no tienen tiempo, no tienen alimento espiritual, manejan un lenguaje vulgar, sufren de estrés, se deprimen.

    ¿Qué hacer ante esta situación?

    Es necesario mostrarles el camino correcto, corregirlos con amor, guiarlos.

    La realidad realidad de lo que está pasando con los niños y adolecentes está preocupando a la sociedad actual, nuestros niños y adolecentes se están deprimiendo, se están suicidando y tienen problemas de todo tipo. Parece ser que esto responde a una presión que hace la sociedad acerca de cómo deben ellos ser. Los adultos y los jóvenes no se ponen de acuerdo, ¿qué pasó?, hay desconfianza, miedo mutuo, muchos problemas, inconvenientes, se ve la juventud de una manera muy compleja.

    Pero los jóvenes son un grupo excelente con muchos valores humanos, pero que viven rodeados de un ambiente amenazante que desafía los hermosos valores.

    En el año de 1939 las tropas alemanas de Hitler entraron en Polonia y así comenzó la Segunda Guerra Mundial, luego se extendió por toda Europa, venciendo países como Francia y dominándolos totalmente. ¿Cómo defenderse? Lo habían perdido todo, pero les quedaba su voluntad y entonces surgió un movimiento llamado LA RESISTENCIA: fue la lucha desde abajo contra la Alemania Nazi y con su ayuda se logró la libertad de Francia.

    En la historia de la Humanidad se ha mostrado que los que han cambiado el mundo han sido personas que han pensado y no se han dejado doblegar por las situaciones difíciles: La India consiguió su libertad con la no violencia que les enseñó Gandi, sin armas, sin ejército, sin disparar, simplemente con la resistencia valiente y pacífica de un pueblo que mantuvo sus valores.

    Son muchos los ejemplos de resistencia en donde algunos pocos se resistieron a ser lo que les imponían, sino que conservaron sus valores y se resistieron a dejar de ser lo que tenían que ser.

    El mundo nos muestra un montón de amenazas que nos llaman a ser como ellos quieren que seamos, pero lo que hay que hacer es resistir: es la lucha de la resistecia. Nos han dicho, pero en cambio resistamos.

    Nos han dicho que la vida tiene que ser fácil, yo en cambio les digo: vale más cuando es difícil.

    Hay que desconfiar cuando las cosas son fáciles porque algo malo esconden, las cosas rara vez son fáciles, cuando nacimos estabamos ensangrentados, desnudos, con sangre; y a partir de ahí todo fue complicado: los primeros pasos fueron antecedidos de muchas caídas, fue difícil entrar en la vida escolar, es difícil amar, es difícil perdonar, es difícil ser excelentes, es difícil estudiar, la vida no es fácil, y el que diga lo contrario miente, la vida nunca se gana pasando agachado por todos los desafíos. Nunca llegarás lejos si no aprendes a volar alto y para volar alto hay que hacer mucho esfuerzo: si quieres cosas grandes, las tienes que sudar y luchar.

    Nuestra sociedad enseña la línea del menor esfuerzo, tan mediocre que enseña a hacer las cosas mal hechas y sin esfuerzo, pero hay que esforzarse para triunfar.

    Estamos acostumbrados a desconfiar de lo barato, es igual con la vida: lo fácil es malo, no vale la pena, lo que vale la pena es lo difícil y es lo que obliga a crecer a ampliar el corazón, a utilizar todas las potencialidades.

    Nos han dicho que la trampa a la vida funciona, yo en cambio les digo: no seas tramposo, se fiel a ti mismo.

    Las trampas en Colombia han generado desconfianza en la inversión extrangera, por los robos, engaños, viveza, deshonestidad, mediocridad, mala calidad.

    Pero no necesitamos de la trampa, tenemos capacidades, valores, podemos trabajar mas duro. Cada vez que una persona hace trampa engaña a los demás, pero a si mismo no lo puede hacer, y cada vez que lo hace, lo que está afirmándose a si mismo es que no sirve: ¿le confiarías a un médico tramposo la operación de tu madre?

    La mayoría de las veces le dan a uno tan sólo una oportunidad, entonces toca aprovecharla con esfuerzo, sin trampa. No ser tramposo hará más difícil y demorado lograr objetivos, pero será un logro propio, no una mentira disfrazada.

    Nos han dicho que podemos burlarnos de la gente distinta, por su espiritualidad, responsabilidad, valores, pureza, belleza y debemos respetar a los malevos, los irreverentes, yo en cambio les digo: admiren lo bueno, los valores, el conocimiento, lo espiritual.

    La historia ha mostrado que aquellos que mantienen unos buenos principios logran triunfar; por ejemplo la persona espiritual ha desarrollado fuerza para afrontar la dificultad, en cambio el que no tiene grandeza espiritual se cae ante la dificultad.

    Admiren no a la persona que vivió para si misma, sino aquella que vivió para entregar su vida a los demás, admiren al que se respeta a si mismo, al que ama el conocimiento, no admiren los reyecitos de lo fácil y cómodo.

    Nos han dicho que todo es para el servicio propio y por el servicio propio, yo en cambio les digo: trabajen para el bien de todos.

    Hemos aprendido desde niños que uno tiene que pensar en uno, sólo en uno mismo, lo que siento, ser amado, lo que me gusta, lo que me agrada. El yo es muy importante, pero también existen los demás, existe un mundo de todos, un ser humano que no piensa en los demás está perdiendo su esencia de ser humano.

    A veces encerrados en nosotros mismos pensamos que no somos entendidos, pero ¿hacemos algún esfuerzo para comprender a alguien?, ¿nos interesamos por los demás?. Terminamos peleando con los demás por defenderse a uno mismo, sólo mi conveniencia, olvidando la conveniencia de todos. Pensar en los que sufren, dejar de ser egoístas, aprender a trabajar en grupo, en comunidad es necesario para el beneficio común y el desarrollo de las personas.

    Nos han dicho que saquemos excusas, yo en cambio les digo: no saquen excusas.

    Dejar a un lado las excusas, asumir las responsabilidades, no tapar los errores, no esconderse en que todos lo hacen así, o es la primera vez, o que es normal, o que sufro mucho. Uno es responsable de sus actos, la gente excelente jamás saca excusas.

    CONCLUSIÓN

    Todo hombre está lleno de algo bueno y grande en su interior, pero debe tomar la decisión de resaltar lo bueno sobre lo malo. Nos dirán que todos hacen lo malo, háganlo ustedes también. Pero hay que resistir, el amor es valioso, la espiritualidad es valiosa, tengan valores, sean diferentes, luminosos, bellos, diferentes, llenen de esperanza, saquen la basura de su interior, no se arruguen, sean capaces de ser diferentes.

    EL LARGO CAMINO DEL PROFETA ELÍAS DESDE EL DESIERTO HASTA EL MONTE HOREB

    “¡Levántate y Come!
    Si no el camino sería demasiado largo para ti” 1 Re 19,7

    Elías, tú ¿qué buscas?

    Todas las personas recibimos el mismo llamamiento: amar y ser amadas. Las formas, en las que vivimos este llamamiento, pueden ser muy diversas. Una importante medida de ello puede ser nuestra nost-algia, que nos arrastra cada vez más hacia la meta, a la que somos llamados: amar más y dejarnos amar cada vez más por Dios y por las personas. Pero ¿cómo sigo yo la nost-algia? En realidad, verdaderamente uno puede no ponerse en camino, cuando no se sabe con certeza dónde aterrizará al final.

    Un ejemplo de este viaje a lo incierto es la historia de Elías en el Horeb, 1Re 19,1-13. La actuación de Elías fue coronada por el éxito y su confianza en Dios pareció pagada. Pero después cayó en la persecución y tuvo que huir...

    Elías huye al desierto. Es un lugar adonde no se va voluntariamente, un lugar misantrópico. El camino le continúa conduciendo siempre al desierto. El agua es escasa, la soledad le lleva a la duda de si la confianza en Dios ha merecido verdaderamente la pena. Se puede uno imaginar a este hombre solitario, cómo se arrastra por el desierto sin una meta firme; detrás de él sus enemigos, delante absolutamente nada, sólo desierto. Finalmente se abandona. Se tumba en el suelo y se desea la muerte. Está cansado de huir y sólo quiere morir. Cuando se duerme se le acerca un ángel, le trae pan y agua y le despierta con las palabras: “Come y bebe”.

    Quizás nos queramos preguntar:
    • ¿Dónde me siento extraño?
    • ¿A qué me siento impulsado?
    • ¿Dónde tengo la impresión de que estoy en un lugar inadecuado, al que no pertenezco?
    O quizás:
    • ¿Ante qué desearía sencillamente huir?
    • Presentar todo esto a Dios en la oración, las preocupaciones y necesidades, quizás también el agotamiento.
    Pero, después también:

    • ¿Qué me
      mueve?
    • ¿Dónde me encuentro un “ángel”, que me da fuerzas para continuar?
    • También contemplar esto en la presencia de Dios.
    Elías come y bebe y se levanta de nuevo. Evidentemente no comprende en absoluto que aquí está su posibilidad de continuar, de vivir, de alcanzar una meta. De nuevo le toca el ángel y le dice: “Levántate y come, si no el camino sería demasiado largo para ti”.

    • ¿Qué me impide continuar, aún cuando tenga la posibilidad de hacerlo?
    • ¿Qué resistencias hay en mí? ¿Temores, preocupaciones por el futuro, que me bloquean?
    • ¿Hay situaciones que me provocan, me fortalecen y me permiten partir?
    Y Elías anda de nuevo. Fortalecido pasa cuarenta días y cuarenta noches en el desierto hasta que llega al monte Horeb. Cuando pernocta en una cueva, Dios le habla y le pregunta: “¿Qué haces aquí?” Elías cuenta cómo ha trabajado por Dios duramente, cómo ha hecho todo para que Dios fuera adorado y cómo esto sólo le ha producido persecución ¿Qué puedo yo decir también? Uno es perseguido, huye al desierto, casi cae muerto de sed y después Dios le pregunta “¿Qué haces aquí?”. Ésta es generalmente la pregunta más importante. Dios no le encomienda la misión siguiente, sino que le pregunta a Elías qué quiere. Por primera vez, se trata de Elías y no de que esté terminado un trabajo.

    Podríamos hacernos las siguientes preguntas:

    Dios responde y se da cita con Elías delante de la cueva y le llama. Primero viene una violenta tormenta, pero Dios no estaba en la tormenta. Después un terremoto sacude el lugar, pero Dios no estaba en el terremoto. Después un fuego, pero Dios no estaba tampoco en el fuego. Estos acontecimientos naturales grandes y poderosos son válidos como signos en los que se reconoce a Dios. Sin embargo, Elías escucha una brisa ligera, muy suave y Elías reconoce a Dios en ella, se cubre el rostro y sale fuera de la cueva. Y de nuevo Dios le pregunta: “¿Qué buscas aquí?
    • ¿Qué busco en mi profesión, en mi formación, en mis amistades y relaciones?
    • ¿Qué emerge aquí?
    • ¿Qué me atrae?
    • ¿Qué me ha conducido aquí?
    • La presencia de Dios está oculta para nosotros. A pesar de ello Su amor nos encuentra siempre de nuevo, por lo general en las personas, que tienen las mejores intenciones para nosotros. La Palabra de Dios tiene siempre para nosotros una lengua humana.
    Hagámonos las siguientes preguntas:

    • ¿Conozco aquello de mi coloquio con Dios que, de repente, en la vida diaria halla su resonancia?
    • ¿Reconozco que, de repente, algunas personas me ayudan a continuar en el punto en que yo me quedo detenido en la oración o en la meditación personal?
    • ¿Puedo descubrir el afecto de Dios en lo que me rodea?
    • Quizás en lugar de grandes liturgias y celebraciones ¿en otro sitio muy diferente?
    • ¿Y cómo respondo a ello?
    Con Elías se puede conocer a un Dios que nos pregunta: “Tú ¿qué buscas?”
    Situarnos con este Dios y examinar nuestras búsquedas puede hacernos bien; puede ayudarnos a
    encontrar nuestro hogar.
    AnsgarWiedenhaus, S.J.
    Impulso Espiritual. Jesuiten 2005/3

    jueves, 3 de noviembre de 2011

    ¿Qué quiere Dios de mí?

    Hay personas que piensan que son ellos los que han elegido a Cristo, y es justo lo contrario: es el Señor quien le ha elegido. La persona lo que tiene que hacer es responder a esa llamada de Dios a la fe, a la vocación, o a la vida matrimonial.

    En numerosas ocasiones se pierde la perspectiva porque pensamos que todo depende de nosotros, de nuestras fuerzas exclusivamente humanas. Esto no es así. Mi fie siempre es una respuesta a Aquel que me la da.

    ¿Cómo puedo saber qué quiere Dios de mí? ¿Coincide lo que Dios quiere con lo que yo quiero?

    Si estamos demasiado pendiente de nosotros mismos no podemos descubrir la voluntad de Dios sobre nosotros. Necesitamos descentrarnos de nosotros. Dios tiene que ser el centro de nuestros intereses y proyectos. Es necesario descubrir la presencia de Jesús en los que nos rodean y sorprendernos por las realidades que salen a mi paso cada día.
    Con las personas nos sucede que creemos que ya las conocemos, que sabemos de sus discursos, de sus gustos, de sus manías, de sus aspectos positivos o negativos; qué fácilmente las encasillamos, las hacemos incluso objeto para nosotros. Pero si ponemos un poco de atención nos damos cuenta de cómo nos pueden sorprender, porque cada día podemos descubrir algo nuevo en ellas.

    Lo mismo nos pasa cuando leemos el Evangelio, narraciones que se repiten muchas veces, y que ya hasta de memoria las hemos aprendido, pero si las leemos con atención, podemos descubrir muchísimas cosas nuevas en ellas. Es necesario detenernos en los simples detalles que pasamos por encima, porque ellos nos muestran aspectos importantes de las narraciones.

    Necesitamos abrir nuestro corazón al Espíritu, que hace nuevas todas las cosas cada día, que pone su novedad y creatividad en mi corazón, y que me va preparando para transformarme cada día en una criatura más apta para el Reino de Dios, que puede mostrar la presencia de los valores del Evangelio, si dejo que sea Él quien me vaya modelando en el silencio y en todos los momentos de la vida.

    La persona orante tiene que aprender cada día o descubrir en el silencio las llamadas de Dios a seguirle, a vivir su compromiso como cristiano, a descubrir el proyecto de Dios para él y para el mundo. En nuestra vida aparecen los signos de la presencia de Dios. Dios no nos habla con la misma voz de las personas que nos rodean, pero Dios está comunicándose con nosotros.

    En nuestra oración y nuestra vida se dan signos de la presencia de Dios. Necesitamos y debemos verlos con serenidad; para poder juzgarlos en la misma clave en la cual son enviados por Dios. La persona inmadura es aquella que vive en la superficialidad, se queda solamente en la cáscara, en lo externo, en lo agradable o desagradable de ellos y no pasa más allá de las apariencias. Saber ver en profundidad las cosas es algo esencial, de aquí la necesidad de hacer un discernimiento en la oración.

    El discernimiento debemos hacerlo sobre las diferentes situaciones de nuestra vida, y sobre nuestro crecimiento en el camino de la oración y de la vivencia espiritual. En el proceso de oración quien no se esfuerza cada día en mejorar, pierde hasta lo poco que había logrado.
    ¿Elegimos aquellas cosas que nos ayudan a intergrarnos, a vivir centrados en Jesús, o elegimos las que nos alejan de Él.

    Martin valverde

    viernes, 2 de septiembre de 2011

    TENGO UN DESAFÍO PARA TI EL DÍA DE HOY

    Tengo un desafío para ti el día de hoy: Alégrate! ¡Regocíjate, no importa tu condición presente!
    Alégrate a pesar de tus problemas personales. Sí, ya sé que esto suena muy raro y parece imposible de hacer.

    Estamos acostumbrados a perseguir el éxito, las riquezas y la abundancia. Pensamos que cuando todo nos va bien estamos en el camino correcto. Creemos que cuando somos prosperados y nos "sentimos" bien, estamos "en el centro" de la voluntad de Dios. Por eso muchos de nosotros caemos cuando sobreviene el día oscuro, porque no estamos preparados para vivirlo.

    Mira lo que escribió Pablo: "Nos alegra saber que, por confiar en Jesucristo, ahora podemos disfrutar del amor de Dios, y que un día compartiremos con él toda su grandeza. Pero también nos alegra tener que sufrir, porque sabemos que así aprenderemos a soportar el sufrimiento. Y si aprendemos a soportarlo, seremos aprobados por Dios". Romanos 5:3-4 (TLA)

    Pablo veía el sufrimiento como algo de lo cual aprender, para así alcanzar la meta suprema: la salvación de su alma.

    En las tormentas de tu vida, puedes elegir dejarte llevar, o aprender a navegar con vientos contrarios que amenazan con hundirte. Siempre que enfrentes problemas y dificultades, pregúntate qué puedes aprender de ellos. Tu sufrimiento tiene un propósito de Dios: aprender a soportarlo, ya que si lo haces, saldrás aprobado por Dios.

    Pablo sabía mucho lo que era sufrir por causa de Cristo, y declaró: "Tres veces le rogué al Señor que quitara este sufrimiento; pero él me dijo: «Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad.» Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte". 2 Corintios 12:8-10 (NVI)

    Los problemas y el sufrimiento son inevitables, pero nunca insoportables: "Ustedes no han pasado por ninguna tentación que otros no hayan tenido. Y pueden confiar en Dios, pues él no va a permitir que sufran más tentaciones de las que pueden soportar. Además, cuando vengan las tentaciones, Dios mismo les mostrará cómo vencerlas, y así podrán resistir". 1 Corintios 10:13

    Recuerda lo que dijo Jesús: "En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo". Juan 16.33 (NVI)

    Así que en vez de enfocarte en tu sufrimiento, por tus ojos en Jesús, el autor y consumador de tu fe, y haz esta oración que hizo el salmista, en voz alta:

    "Dios mío, tú cumplirás en mí todo lo que has pensado hacer. Tu amor por mí no cambia, pues tú mismo me hiciste. ¡No me abandones!" Salmo 138:8 (TLA)

    Dios cumplirá Su propósito en Ti, porque Su amor es para siempre!


    "Porque el Señor no abandonará a su pueblo, ni desamparará Su heredad". Salmo 94.14