viernes, 31 de agosto de 2012

RECONCÍLIATE CON TU PASADO

La primer palabra que Jesús resucitado dice a sus discípulos es: "la paz".

Es la paz por consiguiente el regalo después de la pascua del Señor, regalo que todos necesitamos para poder caminar, para poder avanzar, porque la falta de paz no deja caminar o como un reino dividido no puede subsistir, si dentro de ti hay guerra, ese conflicto agota tu energía y dentro dentro de ti está el aliento de Dios que debe dejarse actuar, por eso, de los hombres pueden salir cosas hermosas, obras altruistas, el mismo cuerpo humano es de carácter divino, su inteligencia, sus pensamientos, sus sentimientos; pero tantas veces usamos esos dones para dañar, matar; sin embargo Dios no nos deja de amar y nos mandó a su Hijo único para que aprendamos a vivir como hijos suyos, además, nos regala su Espíritu Santo, estamos destinados o llamados a ser como Él, a tener sus sentimientos.

Cada uno de nosotros somos únicos y Dios nos ama. Aún en casos difíciles Dios nos acompaña, aún en momentos sin salida, donde no encontramos respuesta, donde todo está en tiniebla por nuestro pecado o por el pecado ajeno, cuando decimos ya no más, Señor ayúdame que no puedo con esto, Él en su infinita misericordia nos consuela y nos muestra el camino, nos abra puertas, nos acompaña. Porque hemos sido creados para florecer, para alcanzar la plenitud y hoy es el momento, no hay por que detenerse, no podemos estacionarnos o detenernos por falta de luz, hay que seguir, hemos sido creados para levantarnos de nuestros sepulcros, Jesús ya lo ha hecho y nos acompaña diciéndonos: hoy es tu turno, levántate, yo estoy contigo, deja atrás la sordera, la ceguera, la mudez.

Dios no nos creo para fracazar, somos la hechura de sus manos, no hay por que temer, porque los temores nos hacen fugitivos, no nos dejan ser, nos persiguen, vienen de nuestro pasado y dañan todo lo nuestro y nos matan las esperanzas, nos despiertan los más antiguos y profundos traúmas y fantasmas.

Así que ánimo, yo he vencido al mundo dice el Señor.
        
                                               Tomado de predicación de Fray Nelson Medina

jueves, 23 de agosto de 2012

AGUANTA UN POCO MAS



Se cuenta que en Inglaterra había una pareja que gustaba de visitar las pequeñas tiendas del centro de Londres. Al entrar en una de ellas se quedaron prendados de una hermosa tacita. ¿Me permite ver esa taza? preguntó la señora, ¡nunca he visto nada tan fino!

En las manos de la señora, la taza comenzó a contar su historia:

Usted debe saber que yo no siempre he sido la taza que usted está sosteniendo.

Hace mucho tiempo era solo un poco de barro. Pero un artesano me tomó entre sus manos y me fue dando forma. Llegó el momento en que me desesperé y le grité:

“¡Por favor, ya déjeme en paz!” Pero él sólo me sonrió y me dijo: “aguanta un poco más, todavía no es tiempo”. Después me puso en un horno. ¡Nunca había sentido tanto calor! Toqué a la puerta del horno y a través de la ventanilla pude leer sus labios que me decían: “aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

Cuando al fin abrió la puerta, mi artesano me puso en un estante. Pero, apenas me había refrescado, me comenzó a raspar, a lijar. No sé cómo no acabó conmigo. Me daba vueltas, me miraba de arriba a abajo. Por último me aplicó meticulosamente varias pinturas. Sentía que me ahogaba. “Por favor déjame en paz”, le gritaba a mi artesano; pero él solo me decía: “aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

Al fin, cuando pensé que había terminado aquello, me metió en otro horno, mucho más caliente que el primero. Ahora si pensé que terminaba con mi vida. Le rogué y le imploré a mi artesano que me respetara, que me sacara, que si se había vuelto loco. Grité, lloré; pero mi artesano sólo me decía: “aguanta un poco más, todavía no es tiempo”.

Me pregunté entonces si había esperanza. Si lograría sobrevivir a aquellos tratos y abandonos. Pero por alguna razón aguanté todo aquello. Fue entonces que se abrió la puerta y mi artesano me tomó cariñosamente y me llevó a un lugar muy diferente.

Era precioso. Allí todas las tazas eran maravillosas, verdaderas obras de arte, resplandecían como solo ocurre en los sueños. No pasó mucho tiempo cuando descubrí que estaba en una fina tienda y ante mi había un espejo. Una de esas maravillas era yo. ¡No podía creerlo! ¡Esa no podía ser yo!

Mi artesano entonces me dijo: “yo sé que sufriste al ser moldeada por mis manos, mira tu hermosa figura. Sé que pasaste terribles calores, pero ahora observa tu sólida consistencia, sé que sufriste con las raspadas y pulidas, pero mira ahora la finura de tu presencia. Y la pintura te provocaba nauseas, pero contempla ahora tu hermosura. Y, ¿si te hubiera dejado como estabas? ¡Ahora eres una obra terminada! ¡Lo que imaginé cuando te comencé a formar! “



Tú eres una tacita en las manos del mejor alfarero. Confíate en sus amorosas manos aunque muchas veces no comprendas por qué permite tu sufrimiento.



“Nemo propheta acceptus est in patria sua”.
Nadie es profeta en su tierra Lucas, 4, 24.



Ramon A. Jacob (Diàcono)

Arquidiocesis de Portland en Oregon

Locutor100@yahoo.com



viernes, 17 de agosto de 2012

La Asunción de la Virgen María

La Asunción de la Virgen María

Es un dogma de fe que María Santísima fue llevada al cielo en cuerpo y alma, Acontecimiento que celebramos el 15 de agosto.
Explicación de la fiesta
La Asunción es un mensaje de esperanza que nos hace pensar en la dicha de alcanzar el Cielo, la gloria de Dios y en la alegría de tener una madre que ha alcanzado la meta a la que nosotros caminamos.

Este día, recordamos que María es una obra maravillosa de Dios. Concebida sin pecado original, el cuerpo de María estuvo siempre libre de pecado. Era totalmente pura. Su alma nunca se corrompió. Su cuerpo nunca fue manchado por el pecado, fue siempre un templo santo e inmaculado.

También, tenemos presente a Cristo por todas las gracias que derramó sobre su Madre María y cómo ella supo responder a éstas. Ella alcanzó la Gloria de Dios por la vivencia de las virtudes. Se coronó con estas virtudes.
La maternidad divina de María fue el mayor milagro y la fuente de su grandeza, pero Dios no coronó a María por su sola la maternidad, sino por sus virtudes: su caridad, su humildad, su pureza, su paciencia, su mansedumbre, su perfecto homenaje de adoración, amor, alabanza y agradecimiento.

María cumplió perfectamente con la voluntad de Dios en su vida y eso es lo que la llevó a llegar a la gloria de Dios.

En la Tierra todos queremos llegar a Dios y en esto trabajamos todos los días. Esta es nuestra esperanza. María ya ha alcanzado esto. Lo que ella ha alcanzado nos anima a nosotros. Lo que ella posee nos sirve de esperanza.

María tuvo una enorme confianza en Dios y su corazón lo tenía lleno de Dios.
Ella es nuestra Madre del Cielo y está dispuesta a ayudarnos en todo lo que le pidamos.

Un poco de historia
El Papa Pío XII definió como dogma de fe la Asunción de María al Cielo en cuerpo y alma el 1 de noviembre de 1950.

La fiesta de la Asunción es “la fiesta de María”, la más solemne de las fiestas que la Iglesia celebra en su honor. Este día festejamos todos los misterios de su vida.
Es la celebración de su grandeza, de todos sus privilegios y virtudes, que también se celebran por separado en otras fechas.
Este día tenemos presente a Cristo por todas las gracias que derramó sobre su Madre, María. ¡Qué bien supo Ella corresponder a éstas! Por eso, por su vivencia de las virtudes, Ella alcanzó la gloria de Dios: se coronó por estas virtudes.

María es una obra maravillosa de Dios: mujer sencilla y humilde, concebida sin pecado original y, por tanto, creatura purísima. Su alma nunca se corrompió. Su cuerpo nunca fue manchado por el pecado, fue siempre un templo santo e inmaculado de Dios.

En la Tierra todos queremos llegar a Dios y por este fin trabajamos todos los días, ya que ésa es nuestra esperanza. María ya lo ha alcanzado. Lo que ella ya posee nos anima a nosotros a alcanzarlo también.

María tuvo una enorme confianza en Dios, su corazón lo tenía lleno de Dios. Vivió con una inmensa paz porque vivía en Dios, porque cumplió a la perfección con la voluntad de Dios durante toda su vida. Y esto es lo que la llevó a gozar en la gloria de Dios. Desde su Asunción al Cielo, Ella es nuestra Madre del Cielo.



Autor: Teresa Fernández
Fuente: Catholic.net



















jueves, 19 de julio de 2012

¿Cuál es el camino?


Tantas veces en nuestra vida nos hacemos las pregunta: ¿cuál es el camino?; y pueden surgir muchas respuestas, las más comunes son las que la sociedad ha establecido como meta: la realización profesional, los logros profesionales o académicos, el bienestar, el deporte, el aparecer, el conseguir cosas... todo un montón de caminos que se colocan en frente, son importantes, sí verdaderamente, pero no logran llenar completamente el corazón del hombre y no son el fin último del ser humano.

Pero Dios nos muestra un camino diferente, un camino que no se termina ni con la muerte, un camino para caminar por siempre y ese camino es el Amor; porque el camino que lleva al hombre a la plenitud es el amor. Ya el Señor nos enseña en el Evangelio como Él mismo se quita el manto siendo el Señor y lava los pies a sus discípulos como acto de amor puro, invitándonos a hacer lo mismo si queremos ser felices.

Por esta razón vamos a anunciar algunos aspectos que nos ayudarán a vivir y a manifestar este caminar:


¿Cuál es el camino?, el camino es el amor manifestado con palabras: los seres humanos tenemos la capacidad de expresar amor a través de las palabras, podemos construir amor cuando decimos cosas bellas a quienes nos rodean, tenemos la posibilidad de crear lazos más fuertes con palabras de aliento, reconocimiento, ternura; es a partir de las palabras que dos enamorados se pueden expresar cuanto se aman. Así que la invitación es a amar con las palabras.




¿Cuál es el camino?, el camino es el amor manifestado con contacto físico: se nos ha regalado un cuerpo que se adapta a diferentes condiciones externas, sea frío, calor, esfuerzo, dolor... pero este cuerpo también está diseñado por Dios para que abracemos, para que observemos con amor, para que besemos, para que acariciemos; a través de nuestro cuerpo podemos manifestar mucho amor y un amor sobre todo tangible, concreto, difícil de olvidar, que marca el corazón de quien se siente amado por este amor. Por eso el llamado es a amar con el contacto físico.



¿Cuál es el camino?, el camino es el amor manifestado con los hechos: los deseos humanos valen realmente cuando se ponen en marcha y se trabaja para realizarlos, sucede igualmente en el amor, el amor no es sólo decir palabras bellas, ni tener contacto físico con las personas, el amor se demuestra con hechos. Nadie ama más que quien da la vida por sus amigos dice el Señor, esto se da cuando somos capaces de renunciar a nuestros intereses para hacer que mi hermano sea feliz, un ejemplo de hecho de amor podría ser renunciar a alguna actividad personal que es importante para mi  y dejarla de lado para ayudar a quien me necesita ayuda. Hay hechos de amor que pueden ser grandes y otros que pueden ser pequeños, lo importante es hacerlo con amor y sin esperar nada a cambio siempre como sirviendo si fuera al mismo Señor. El amor se vive con hechos.



Queda pues la propuesta de seguir este camino, que día a día ha de alimentarse a través de la fuente misma del Amor que es Dios, el amor que no tiene límites, el amor que nunca decepciona, el amor que te enseña a amar, el prototipo de amor... El que es el amor mismo; por eso cuando te preguntes ¿cuál es el camino?; la respuesta ha de ser: el camino es el amor.

miércoles, 22 de febrero de 2012


«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)

Queridos hermanos y hermanas

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.

1. “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.

2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011


BENEDICTUS PP. XVI

Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma

22 de febrero 2012. La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo
Miércoles de Ceniza:  el inicio de la Cuaresma
Miércoles de Ceniza: el inicio de la Cuaresma


La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera y que nuestra vida definitiva se encuentra en el Cielo.

La Cuaresma comienza con el Miércoles de Ceniza y es un tiempo de oración, penitencia y ayuno. Cuarenta días que la Iglesia marca para la conversión del corazón.

Las palabras que se usan para la imposición de cenizas, son:

  • “Concédenos, Señor, el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte a la vida”

  • “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás"

  • “Arrepiéntete y cree en el Evangelio”.
  • Origen de la costumbre

    Antiguamente los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio y los ninivitas también usaban la ceniza como signo de su deseo de conversión de su mala vida a una vida con Dios.

    En los primeros siglos de la Iglesia, las personas que querían recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponían ceniza en la cabeza y se presentaban ante la comunidad vestidos con un "hábito penitencial". Esto representaba su voluntad de convertirse.

    En el año 384 d.C., la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos y desde el siglo XI, la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

    Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos de año anterior. Esto nos recuerda que lo que fue signo de gloria pronto se reduce a nada.

    También, fue usado el período de Cuaresma para preparar a los que iban a recibir el Bautismo la noche de Pascua, imitando a Cristo con sus 40 días de ayuno.

    La imposición de ceniza es una costumbre que nos recuerda que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.Nos enseña que todo lo material que tengamos aquí se acaba. En cambio, todo el bien que tengamos en nuestra alma nos lo vamos a llevar a la eternidad. Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

    Cuando el sacerdote nos pone la ceniza, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener amistad con Dios. La ceniza se le impone a los niños y a los adultos.

    Significado del carnaval al inicio de la Cuaresma

    La palabra carnaval significa adiós a la carne y su origen se remonta a los tiempos antiguos en los que por falta de métodos de refrigeración adecuados, los cristianos tenían la necesidad de acabar, antes de que empezara la Cuaresma, con todos los productos que no se podían consumir durante ese período (no sólo carne, sino también leche, huevo, etc.)

    Con este pretexto, en muchas localidades se organizaban el martes anterior al miércoles de ceniza, fiestas populares llamadas carnavales en los que se consumían todos los productos que se podrían echar a perder durante la cuaresma.

    Muy pronto empezó a degenerar el sentido del carnaval, convirtiéndose en un pretexto para organizar grandes comilonas y para realizar también todos los actos de los cuales se "arrepentirían" durante la cuaresma, enmarcados por una serie de festejos y desfiles en los que se exaltan los placeres de la carne de forma exagerada, tal como sigue sucediendo en la actualidad en los carnavales de algunas ciudades, como en Río de Janeiro o Nuevo Orleans.

    El ayuno y la abstinencia

    El miércoles de ceniza y el viernes santo son días de ayuno y abstinencia. La abstinencia obliga a partir de los 14 años y el ayuno de los 18 hasta los 59 años. El ayuno consiste hacer una sola comida fuerte al día y la abstinencia es no comer carne. Este es un modo de pedirle perdón a Dios por haberlo ofendido y decirle que queremos cambiar de vida para agradarlo siempre.

    La oración

    La oración en este tiempo es importante, ya que nos ayuda a estar más cerca de Dios para poder cambiar lo que necesitemos cambiar de nuestro interior. Necesitamos convertirnos, abandonando el pecado que nos aleja de Dios. Cambiar nuestra forma de vivir para que sea Dios el centro de nuestra vida. Sólo en la oración encontraremos el amor de Dios y la dulce y amorosa exigencia de su voluntad.

    Para que nuestra oración tenga frutos, debemos evitar lo siguiente:

    La hipocresía: Jesús no quiere que oremos para que los demás nos vean llamando la atención con nuestra actitud exterior. Lo que importa es nuestra actitud interior.
    La disipación: Esto quiere decir que hay que evitar las distracciones lo más posible. Preparar nuestra oración, el tiempo y el lugar donde se va a llevar a cabo para podernos poner en presencia de Dios.
    La multitud de palabras: Esto quiere decir que no se trata de hablar mucho o repetir oraciones de memoria sino de escuchar a Dios. La oración es conformarnos con Él; nuestros deseos, nuestras intenciones y nuestras necesidades. Por eso no necesitamos decirle muchas cosas. La sinceridad que usemos debe salir de lo profundo de nuestro corazón porque a Dios no se le puede engañar.

    El sacrificio

    Al hacer sacrificios (cuyo significado es "hacer sagradas las cosas"), debemos hacerlos con alegría, ya que es por amor a Dios. Si no lo hacemos así, causaremos lástima y compasión y perderemos la recompensa de la felicidad eterna. Dios es el que ve nuestro sacrificio desde el cielo y es el que nos va a recompensar.“Cuando ayunéis no aparezcáis tristes, como los hipócritas que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan; en verdad os digo, ya recibieron su recompensa. Tú cuando ayunes, úngete la cabeza y lava tu cara para que no vean los hombres que ayunas, sino Tu Padre, que está en lo secreto: y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará. “ (Mt 6,6)”

    Conclusión

    Como vemos, la ceniza no es un rito mágico, no nos quita nuestros pecados, para ello tenemos el Sacramento de la Reconciliación. Es un signo de arrepentimiento, de penitencia, pero sobre todo de conversión. Es el inicio del camino de la Cuaresma, para acompañar a Jesús desde su desierto hasta el día de su triunfo que es el Domingo de Resurrección.

    Debe ser un tiempo de reflexión de nuestra vida, de entender a donde vamos, de analizar como es nuestro comportamiento con nuestra familia y en general con todos los seres que nos rodean.

    En estos momentos al reflexionar sobre nuestra vida, debemos convertirla de ahora en adelante en un seguimiento a Jesús, profundizando en su mensaje de amor y acercándonos en esta Cuaresma al Sacramento de la Reconciliación (también llamado confesión), que como su nombre mismo nos dice, representa reconciliarnos con Dios y sin reconciliarnos con Dios y convertirnos internamente, no podremos seguirle adecuadamente.

    Está Reconciliación con Dios está integrada por el Arrepentimiento, la Confesión de nuestros pecados, la Penitencia y finalmente la Conversión.

    El arrepentimiento debe ser sincero, reconocer que las faltas que hemos cometido (como decimos en el Yo Pecador: en pensamiento, palabra, obra y omisión), no las debimos realizar y que tenemos el firme propósito de no volverlas a cometer.

    La confesión de nuestros pecados.- el arrepentimiento de nuestras faltas, por sí mismo no las borra, sino que necesitamos para ello la gracia de Dios, la cual llega a nosotros por la absolución de nuestros pecados expresada por el sacerdote en la confesión.

    La penitencia que debemos cumplir empieza desde luego por la que nos imponga el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación, pero debemos continuar con la oración, que es la comunicación íntima con Dios, con el ayuno, que además del que manda la Iglesia en determinados días, es la renuncia voluntaria a diferentes satisfactores con la intención de agradar a Dios y con la caridad hacia el prójimo.

    Y finalmente la Conversión que como hemos dicho es ir hacia delante, es el seguimiento a Jesús.

    Es un tiempo de pedir perdón a Dios y a nuestro prójimo, pero es también un tiempo de perdonar a todos los que de alguna forma nos han ofendido o nos han hecho algún daño. Pero debemos perdonar antes y sin necesidad de que nadie nos pida perdón, recordemos como decimos en el Padre Nuestro, muchas veces repitiéndolo sin meditar en su significado, que debemos pedir perdón a nuestro Padre, pero antes tenemos que haber perdonado sinceramente a los demás.

    Y terminemos recorriendo al revés nuestra frase inicial, diciendo que debemos escuchar y leer el Evangelio, meditarlo y Creer en él y con ello Convertir nuestra vida, siguiendo las palabras del Evangelio y evangelizando, es decir transmitiendo su mensaje con nuestras acciones y nuestras palabras.

    Preguntas o comentarios al autor

    Sugerencias para vivir la fiesta

  • Asistir a la iglesia a ponerse ceniza con la actitud de conversión que debemos tener.

  • Leer la parábola del hijo pródigo, San Lucas 15, 11-32 o el texto evangélico de San Mateo 6, 1-8.

  • Autor: Tere Fernández del Castillo / Luis Gutiérrez | Fuente: Catholic.net

    martes, 22 de noviembre de 2011

    LA SANACIÓN INTERIOR

    Hace pocos días estuve en un retiro espiritual y quiero compartir algunas frases:

    • La oración es la aventura que termina en la presencia de Dios.
    • Los problemas, inconvenientes y dificultades en la vida terminan cuando nos dejamos ver por Dios, porque necesitamos ser tocados por la mirada de Dios que es perdón.
    • Es necesario sanar la raíz, porque cuando se sana la raíz , se sanan todas las derivaciones del pecado; una forma de realizarlo es a través del Sacramento de la Reconciliación.
    • ¿Cuál es la raíz de lo que enferma mi alma?
    • Lo que uno decide hacer con su vida debe hacerlo por amor, sabiendo que amar es difícil.
    • Hay una cantidad de vacíos que sólo pueden llenarse con el perdón de Dios.
    • Una cosa debo tener clara: Dios me conoce, me ama y me perdona.
    • Todo arrepentimiento de corazón Dios lo perdona en el Sacramento de la Reconciliación.
    • Un signo de que Jesús nos quiere sanos es que siempre estuvo sanando a los enfermos y afligidos.
    • La sanación viene de Dios, de Jesús que se siente de mi debilidad.
    • El pecado es la raíz de toda enfermedad.
    • Muchas enfermedades son reflejo de todo aquellos que no nos deja vivir, pero Jesús vino a sanarnos y por eso se entregó por nosotros, él puede sanar heridas profundas donde no puede llegar ciencia alguna.
    • Las heridas han surgido de un proceso de año a año, por eso la sanación es un proceso de año a año.
    • ¿Cómo sanarme?
    1. Conocer la raíz de la herid.
    2. Buscar quien ore por mi.
    3. Abrir el corazón a Dios.
    4. Pedir el don de la oración que es el Espíritu Santo.
    • La comunidad sana y ayuda a encontrarle sentido a la vida, allí acontece Dios para perdonarme y sanarme.
    • Ensaya a perdonarte, Dios me quiere perdonar, empieza el proceso.
    • Todo hombre desde su nacimiento está llamado a la unión con Dios.
    • Desajustes normales: miedos, rabias, rencores...
    • Nos espera la tarea de ser santos alimentados por la Eucaristía, la oración, el perdón, la supremacía de la Gracia, alimentados por la Palabra de Dios.
    • El nuevo modo de santidad va a necesitar un nuevo modo de oración, ya sin tantas palabras, más de contemplación que es mirarlo fijamente a Él.
    • Hay que meter en proceso la vida, reconocer el camino que uno eligió y aceptarlo, asumir la realidad, personalizarse de ella.
    • Una vez que uno asume y acepta su realidad, el crecimiento se va dando, así sea entre subidas y bajadas; teniendo en cuenta que las crisis son las mejores oportunidades para crecer.
    • Toda vida espiritual es una misión, un proceso, que a medida que pasa el tiempo se va simplificando.
    • Hay una relación directa entre Eucaristía y sanación.
    • La comunión es el alimento que sana.
    • ¿Cómo es mi fe?
    • Cuanta vida nos perdemos por no creer, aguantando la vida.
    • No somos huecos por dentro, Dios habita en nosotros, no moriremos para siempre.
    • ¿Me he sentido invitado a cenar con el Señor?
    • Dios me ama: ¿cuando lo he experimentado?
    • Sin amor nada soy, lo que nos manda el Señor es que nos amemos los unos a los otros.
    • Que nadie se quede sin recibir la Eucaristía que es el pan de nosotros los pecadores y que nos sana.
    • Todos los días es necesario creer en el amor.
    • Es necesario pedir sanar el corazón al recibir la comunión.
    • Hay que postrarse en el Santísimo Sacramento y pedirle que nos muestre como debemos amar.
    • Cada comunión debe ser alimento sabroso con sabor a todo aquellos que nos gusta.
    • Jesús decía a sus discípulos inmersos en la tormenta: ánimo no teman que Soy Yo.
    • ¿Por qué no se curan todos? Por la falta de fe, los santos fueron personas con dolores y sufrimientos internos, muy enfermos. Esto les enseño a aprender a aceptar a entender y a ver a Dios, Jesús en sus sufrimientos.
    • A nosotros no nos corresponde pedir sino por los otros, los enfermos, los demás.
    • Ser maduro es aceptar la enfermedad.
    • Al Señor le corresponde hacer lo que considere bueno para cada uno.
    • Pedro se sintió amado por Jesús luego de negarlo tres veces.
    • Cuando uno entienede es como cuando ve.
    • En la vida espiritual se empieza a ver y a revelar la presencia de Dios con la oración en la vivencia personal.
    • Los limpios de corazón verán a Dios : el que no deja enturbiarlo por el egoísmo, el odio, el rencor. Por eso es necesario aprender a caminar en la presencia de Dios, en mi dificultad, en mi lucha.
    • El hombre es capaz de Dios.
    • Abrir el corazón al otro nos hace transparentar en el otro nuestros sentimientos.
    • El cristiano de hoy o será un místico o no será nada.
    • Si me quiero perdonar y sanar debo girar en el amor.
    • En el atardecer de la vida nos juzgaran en el amor.
    • La santidad no es la ausencia de pecado, sino el crecimiento en la fe, la esperanza y el amor.
    • Quien nos capacita para tener un corazón limpio es el mismo Dios.
    • El perdón y la sanación es un regalo de Dios.
    • Hay que aprender a mirar a Dios en el otro.
    • Cuando perdono estoy creando al otro.
    • Hay que mirar a Dios con una mirada nueva, con su mirada que limpia, purifica, sana enriquece, alumbra.
    • Debo dejarme enriquecer por la mirada de Dios, que me alumbre e ilumine y que también me llene de su mirada para conmigo mismo y los demas
    • No te pido mas, sino que me mires.
    Pbr Francisco Javier Jaramillo
    Carmelita